Mamá:
Ayer llegamos a casa después de un largo viaje de vuelta. Las vacaciones fueron muy buenas; además de conocer lugares nuevos, pudimos volver a otros lugares que hace varios años nos habían dejado con ganas de más.
El clima en Oregon estuvo nublado y fresco pero nunca con frío, y el sol salía de vez en cuando para recordarnos que era verano. Ahora llegamos al calor insolente de Utah, con un brillo que encandila los ojos.
Hoy he estado preparando mi viaje a Chile. Estoy feliz de poder ir de nuevo y verte, pero las transiciones de la ida y la vuelta se me hacen difíciles. Cuando me voy, me preocupa dejar a las niñas y pienso en todas las cosas que hay que hacer. Cuando llego a tu casa se me olvidan las preocupaciones y vuelvo a ser de 16. Después me preocupa dejarte y tener que volver, y la tristeza de no estar allá se demora en hacerse a un lado. Te cuento esto no para que te preocupes, sino para compartir este proceso contigo, ya que es la naturaleza de la bestia a la que estamos enfrentadas. Así es como se han dado las cosas y como nos toca enfrentar este momento en la vida. Si pudiera, cambiaría las circunstancias sin pensarlo ni un segundo, pero enfrentada ante la realidad, lo que me queda es buscar los factores positivos del asunto.
Lo mejor ha sido el hecho de poder viajar a Chile tan seguido. Y Skype! Las bendiciones que ha traído la tecnología son inmensas, inimaginadas hace solo unos pocos años atrás.
En el libro Peter Pan, escrito por James M. Barrie, Peter Pan le enseña a los niños Darling (Wendy, John y Michael) lo que deben hacer para poder volar como él. El truco está en pensar pensamientos placenteros y maravillosos, coplados con polvo de hadas, por supuesto.
De vez en cuando le pregunto a las niñas, o a quien esté conversando conmigo, si estuvieran con Peter Pan: ¿Cuáles serían sus pensamientos placenteros y maravillosos?
Yo creo que los míos cambiarían según el momento, pero hay algunos que pienso serían algo más permanente, como el momento de silencio cuando beso la mejilla de una niña dormida. O cuando despierto sintiendo toda la emoción de un sueño feliz. O el sonido de pies diminutos corriendo por el pasillo. O la brisa de mar recordándome cómo se siente la paz. O la melodía de una canción favorita. O un viaje a un lugar desconocido. O un momento compartido con familia.
La verdad es que cuando uno se pone a buscar en los archivos de la memoria, los pensamientos placenteros y maravillosos son abundantes, aunque no siempre obvios. Por eso a veces me gusta preguntar, porque esa pregunta desencadena la búsqueda de cosas buenas y nos hace olvidar las dificultades, aunque sea por un momento.
¿Cuáles serían tus pensamientos placenteros y maravillosos?
Aquí va otro: Este martes nos vemos! Un abrazo,
Pamela.
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