Tuesday, July 16, 2013

Martes,16 de Julio 2013

Mamá:


Para hoy habíamos planeado un paseo con las niñas, así que con el mejor ánimo disponible hicimos los preparativos y nos fuimos a un lago no muy lejos de aquí. A mitad de camino se puso a llover pero seguimos el viaje con la esperanza que pasara la tormenta. Llegamos al lago envueltos en lluvia y truenos. Comimos el almuerzo en el auto y cuando paró la lluvia salimos a caminar. El lugar es bellísimo, un lago rodeado de árboles, rocas, flores y silencio interrumpido por el canto de los pájaros. Pero la lluvia volvió y no se fue más. Con todas nuestras alternativas de paseo anuladas, emprendimos el viaje de vuelta. En la casa ahora me siento a escribirte para contarte cómo hoy no has dejado mi mente.

Nicole L. hace unos días atrás en el aniversario de la muerte de su mamá, expresó su dolor por no poder tenerla a su lado. Han pasado diez años desde que Dolly falleció. Los sentimientos que Nicole describió son exactamente los mismos que siento yo, y ahora sé que esos sentimientos van a ser mis compañeros por mucho tiempo más. El resto de mi vida te voy a extrañar, te voy a necesitar, y voy a sentirme a la deriva, como si anduviera a tientas adivinando el camino porque me falta mi mamá para aconsejarme o darme ánimo. 
Nicole igual que yo, muchas veces prefiere no recordar para no tener que sentir el dolor. Pero hoy los recuerdos llegan sin invitación.


Ya estamos a mediados de Julio y todas nuestras últimas fechas vuelven a repetirse. Como si el tiempo fuera un círculo, vuelvo a pasar por los mismos recuerdos y emociones de hace un año atrás.

Un martes como hoy, llegué a Santiago. Era temprano y a pesar del invierno, la mañana estaba tibia.  Cuando entré a la casa tú te estabas duchando así que me puse a conversar en el pasillo con la tía Delia que estaba de visita.
Abriste la puerta del baño, me viste, y dejaste caer tu compostura, tu cuerpo abatido se entregó relajado en un abrazo. Tu cara confesó la expresión de una niña que acaba de ver a su madre después de haber pasado por algo muy difícil.
Vi tu expresión y no la entendí. En ese momento aún no entendía todo tu sufrimiento e inestabilidad. Aún no vislumbraba cómo el rol de madre que habías ocupado por tantos años se traspasaba ahora a mí definitivamente. Estaba de vuelta para cuidarte, para ayudarte, para acompañarte. Estaba de vuelta para aliviar tu sufrimiento, pero sé muy bien que también estaba de vuelta para aliviar el mío.

No demoré en darme cuenta en la finalidad de esa visita. Las dos sabíamos que yo ya no me iría de tu lado hasta el momento en que tu dejaras el mío.

Recuerdo ese martes con la vividez de una película que se ha proyectado en mi mente estos últimos días, pero especialmente hoy. Desperté recordando cada momento de ese último primer día en la casa contigo. Hasta la ropa que teníamos puesta.

Dormí un rato, yo acostada en tu pieza contigo sentada al lado mío en la cama. Entre sueños conversábamos del viaje que habíamos hecho recién con las niñas y conversábamos con la tía Delia.

Llegó a verte Carmen Z., tu amiga de décadas innumerables. No la veía hace tanto tiempo, y ahora estaban ahí, las dos sentadas en los sillones al lado del comedor, retomando la conversación de toda una vida. Yo crecí oyéndolas conversar.

Tomamos once en la mesa redonda y no te sentiste bien, dijiste que habías comido mucho pero era más que eso, estabas tan incómoda.

Tenías hora al doctor. Doctor Muñoz, especialista en medicina paliativa allá en Providencia detrás del Costanera Center. Recuerdo el estacionamiento subterráneo, el ascensor. Te preguntó tantas veces si sentías dolor. Recuerdo su expresión de admiración cuando tú le contestabas que no (qué era lo que te había molestado tanto antes, no era eso dolor?). A pesar de tu negativa, te recetó remedios para el dolor, con la expectativa que ya pronto sería parte de tu vivir. Esa fue tu última visita a su consulta. El resto de las veces que lo vimos fue en la casa y en el hospital.

Salimos del edificio, había una brisa invernal. Eran las 7 creo. Quisiste ir al mall, querías pasear y comprarme algo. Ropa como siempre, tu lenguaje de amor. Mientras yo evadía la ropa (no quería que compraras nada) mi papá compraba cabritas. La vida todavía tenía momentos de normalidad. Pasaron unos minutos y con mi tía te acompañamos al baño porque te sentiste mal de nuevo.

Nos fuimos a la casa.

A pesar de tu cansancio, ya te costaba dormir en la noche. La ansiedad se te abalanzaba. Caminabas por el pasillo, una y otra vez. Esa noche conversamos en el comedor hasta tarde hasta que insististe que me fuera a acostar. Tu también te acostaste, pero estoy segura que pasaste la mayor parte de la noche en vela.

Ese fue el comienzo de nuestras últimas tres semanas juntas. Tres semanas que muchos me dicen tuve suerte de tener. Tres semanas que nunca voy a considerar suficientes.
Te recuerdo siempre. Te recuerdo con nada que no sea amor. Déjame sentirte cerca, como si estuvieras sentada al lado de mi cama.

Pamela.

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